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Europa

Sin parar- Jesús González desde Alemania

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¡Hola de nuevo! El primer mes oficial del verano encabeza ya su inicio.

Ahora mismo estoy tirado en el suelo del Aeropuerto de Madrid, escribiendo en un portátil de la organización -el mío hizo crack- y esperando a que habiliten una puerta de embarque para el vuelo Madrid-Düsseldorf.

Hasta llegar a este punto han pasado bastantes cosas. Este último mes he tenido, concentradas, bastantes aventurillas tanto por Alemania como por España.

En primer lugar, un poco de contexto. Durante los meses de verano, Deutsche Bahn, la empresa de ferrocarriles alemana -una verdadera institución en Alemania- facilitó un billete de 9 euros mensuales con los que podemos viajar por toda Alemania libremente. Atractivo, ¿verdad? Bueno, como en todo, esto tiene sus "peros". Con ese billete solo puedes coger billetes regionales y cercanías.

El mes pasado, junto a mi compañero Carlo y otra voluntaria que conocimos en el seminario de ESC, Arina, decidimos viajar hasta Berlín, por lo que Arina vino hasta Dortmund y desde allí viajamos hasta Berlín, para dormir en la casa de otra voluntaria de ESC. Pero claro, no todo es tan sencillo. Para ahorrarnos un día de viaje, viajamos de noche. Y, adivinad, ¿qué pasa de noche? Hay menos trenes. Por lo tanto, para ir a Berlin, salimos a las 9 de la noche de Dortmund y llegamos a Berlín a las 9 de la mañana.

Para ahorrar detalles, solo cabe destacar que hemos conocido pueblos en el centro-norte de Alemania que ni creíamos que existían.

 Al llegar a Berlín, quisimos aprovechar a visitar la ciudad, aprovechando cada descanso para tirarnos en alguna zona a dormir. Fue un día matador y en el que no tardamos mucho en irnos a dormir. Al día siguiente esperé que fuera un día grande: una de mis intenciones principales yendo a Berlín era pasar un buen rato en un club de la capital, ya que, por lo que escuché, la chica que nos hospedaba era una aficionada a ello y tanto Carlo como Arina no se oponían a la idea. Al plan se nos unen además otros dos voluntarios que conocimos en el seminario.

Con todo ello, compramos unas cuantas cervezas y nos pusimos a beberlas al lado del río, justo en la parte de atrás de la West Side Gallery, el ´´monumento´´ más sobrevalorado de Europa y un claro correlato de los nuevos tiempos europeos, tan desagradecidos con la clase obrera. Bueno, eso, que me pierdo. Nos acabamos la cerveza, ¿qué hacemos? Vamos a otro lado y nos cogemos otra. Bueno, bien, nos vamos calentando, qué ganas de pasar la noche en un club hasta no ser consciente de las horas mientras bailo con un ritmo primitivo música "del futuro" . La cerveza se va acabando, y empieza el debate sobre qué hacer. ¿Cómo? ¿Cómo que ''qué hacer? Estaba claro, ¿no? Pues no, no lo estaba. La mayoría de las personas se van a su casa, incluida nuestra anfitrión. Pufo. Eso es lo que fue. Un pufo. Pero aún quedó esperanza. Carlo y Arina resistieron y conseguí convencerles para continuar la noche un poquito más. Como planee, bailé como un neandertal música repetitiva, en un proceso cercano al culto, a un rezo místico de algún Dios posmoderno cuyo vínculo conmigo eran los graves del DJ. Bailé hasta que no quedaba sudor. O mejor, hasta que Carlo y Arina cansaron. Y así me fui a la cama.

Al siguiente día, viaje de mierda hasta casa, perdiéndonos dos trenes -gracias a los retrasos- y haciendo la cena a las once de la noche. Todo mientras aguanto al vigoréxico de mi compañero de piso contándome su enésimo fracaso amoroso. No sé, limpia la habitación, joder, que la tienes hecha un asco. Pero ese es otro tema.

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Volveré a Berlín, eso seguro. Más fuerte en espíritu, que no en ganas.

También hubo dos novedades artísticas sobre mi persona. Actúe como Hansel (personaje colectivo) y como Madre en la obra de teatro organizada por una organización asociada. En un momento de la escena tuve que "llorar" al ver la "comida en el suelo" y la "pobreza de mi situación familiar". Pues resulta que hubo gente que se emocionó con mi llanto. Y es que joder, casi me pongo a llorar en serio. Menudo nudo en la garganta me salió. Técnica stalingr...stanilov... staniskis... bueno, eso, que fue muy divertido. Sobre todo por el rol de Padre de mi compañero Carlo, con su técnica impoluta en su parte musical. Inmenso, como siempre. 

 

Por otro lado, tuve una colaboración musical tocando la guitarra junto a mi compañera Lara, quien tomó el protagonismo con su violín dando rienda suelta a su experiencia de años de conservatorio. El acto fue un evento organizado por un voluntario de una asociación de Witten junto a la comunidad ucraniana. Estuvo entretenido, sobre todo la parte donde atraque los platos de comida que hicieron para mostrarnos la gastronomía tradicional ucraniana. 

Sin embargo, la razón principal por la que estoy escuchando ahora mismo el aeropuerto Adolfo Suárez - Barajas os la bienvenida es otra bien distinta. Hace unas semanas, mi organización me comunica que hay un evento de su proyecto MovEurope con su organización partner de Arenas de San Pedro (Ávila). Estúpido de mí si declino la invitación, me dije, y así me hice el petate y tiré millas. Mi idea personal era la siguiente: si el evento era de domingo a viernes, iría el viernes a Madrid, estaría con amigos viernes y sábado, el domingo iría hasta San Pedro, el viernes volvería a Madrid, saldría por el Orgullo y desde el sábado hasta el miércoles pasaría unos días por Asturies.

Al aeropuerto fuimos Thisha, Tauqeer, Helena -compañeros de oficina- y yo. La idea del vuelo era hacer transbordo en Reino Unido hasta Madrid, y llegar a Madrid a las diez de la noche.

Todo funcionó bien hasta llegar al aeropuerto de Köln, donde (como no) la huelga de Ryanair estaba paralizando todo el aeropuerto. Y cuando digo paralizar digo crear una cola en los controles de seguridad de aproximadamente cuatro-cinco horas. Perdimos el avión, como no. Aun así, la organización nos dijo que debíamos coger otro y eso hicimos. A las 7 de la mañana volábamos directos desde Düsseldorf hasta Madrid. Y ahí es cuando nuestros cerebros empiezan a trabajar y a discurrir: ¿nos valía la pena volver hasta casa? ¿No tendríamos que estar con mucha antelación viendo los atascos en vuelos alemanes?

Con esto, recibo una llamada de Alba, mi pareja, quien está trabajando en una granja de Köln: tenía una fiesta con sus compañeros de trabajo en un piso de Colonia. Pues ahí que vamos. Con equipaje, maletas y cansancio hacia una houseparty.

Como hay más personas implicadas y aún me queda algo de buena fama, solo comentaré que el control de seguridad, horas después, en el aeropuerto de Colonia lo paso en las condiciones suficientes como para que me cachearan y me hicieran un control de drogas en la maleta.

Mencionando -un poco por encima- la semana en Ávila, he de decir que fue maravillosa. Productiva desde el punto de vista del contenido y nuestra organización, complaciente con mi trabajo facilitando algún taller y participando de la organización de distintos talleres y enriquecedora desde el punto de vista humano, ¡hasta me dio la vena artística con la guitarra! ¡Creo que cumplí con creces los mínimos del cliché de españolito con guitarra! No hubo quejas -ni las admití-.

 

Tengo mil anécdotas que no puedo contar por espacio, por responsabilidad o porque, al escribirlas, perderían su magia. ¡Ay! El valle de la Vera, que noches de cielo estrellado y sobre todo, que hermoso pueblo es Candeleda.

Y entonces llegó el momento de volver a Oviedo tras ocho meses. No sé qué contar de estos días. Mejor no cuento nada. Solo quizá mencione que me voy de allí echando más de menos mi hogar que cuando marché por primera vez. Ya tengo otro motivo por el que ''regresar´´ es una palabra mágica, un momento que ansío. Y no es que lo esté pasando mal, tampoco que no me dé pena acabar el voluntariado. Pero hay algo allí, en ese sitio en el norte, que puede conmigo y que me atrapa, por encima del momento feliz que esté pasando en Alemania, por encima de las exigencias del tiempo y de las necesidades de la madurez. Mentiría si digo que lo que más echo de menos es un volver sin despedidas. Con todo lo bueno, con todas las cosas buenas que me está dando esta experiencia, y todos estos momentos que, cuando pasen y se alejen, formarán parte de las mejores partes de mi vida. Y con esta tristeza, tan melancólica como fugaz porque se acabará cuando pise otra vez Alemania, escribo estas últimas palabras y escucho las recomendaciones de protección sociosanitaria del aeropuerto. Puerta M35, volamos en media hora.

Pasen buen verano, nos vemos.

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