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Julio, un punto y final (casi)-Isabel Langa desde Austria

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¡Buenas!

Desde el momento en el que decidí quedarme un año más en Viena, las despedidas se volvieron surrealistas. Mi cerebro no terminaba de computar que volvía a España tan solo de vacaciones, lo cual voy a usar de excusa tras haber olvidado escribir el último post a tiempo (¡lo siento Nanus!).

Iniciamos en Cracovia, donde lo dejé la última vez, disfrutando de una ciudad y un parque de atracciones vacíos. El caso es que julio trajo consigo un tiempo brutalmente bueno - al menos para una pobre asturiana - con soles como melones a diario (de ahí la foto adjunta, absorbiendo vitamina D en las piscinas). A mi vuelta, Alte Donau se convirtió en mi zona favorita, donde quedábamos después del proyecto.

Dado que muchos voluntarios terminaron ya en junio, fue un continuo de despedidas extrañas. Es raro decir adiós y entrar al trabajo al día siguiente como si no hubiera pasado nada. Exprimimos esas últimas oportunidades para quedar a ver películas, ir de excursión o a comer fuera (lo cual es un lujo en Viena). Lo que más rabia me dio, fue conocer a nuevos voluntarios precisamente en esas semanas del final. Resulta que los hay a patadas, solo que no existe una plataforma común para entrar en contacto. Fue una absoluta lástima, porque algunos congeniamos tan bien que la frase más repetida fue "ojalá te hubiera conocido un poquito antes..."

 

Alte Donau y un lago cerca de Viena:

  

Como es lógico, no podía faltar un último viaje a Budapest, que todavía no había podido mostrar a mi grupito por culpa del cierre de fronteras. No reparamos en gastos para que el último viaje cundiera, y vaya si cundió.

Los voluntarios de La Rueda tuvimos una fiesta-barbacoa (todo siempre al aire libre) de compañeros de trabajo y aquello si que fue un pasar página. Bailamos, compartimos anécdotas graciosas del año y nos despedimos.

  

Por mi parte, anduve buscando piso, lo cual es endemoniadamente difícil en esta ciudad (esos precios subiditos...). Llegué a desesperarme un poco, pero a base de visitar sitios encontré el lugar perfecto. Los padres en la guardería me dieron regalos, a pesar de saber que iba a estar de vuelta, y algunos de ellos fueron especialmente conmovedores (en la caja de bombones se puede leer "Arthur te da las gracias por..." y una serie de pequeños momentos compartidos.)

  

Eso sería todo, ahora las grandes preguntas: ¿Mereció la pena? ¿Lo volverías a hacer?. A todo respondo que sí, que este año me ha ayudado inmensamente a decidir cuál va a ser mi camino y que la gente a la que he conocido no la cambiaba por nada. El proyecto no fue lo que me esperaba, pero precisamente por ello he aprendido mucho más de lo previsto. Reitero mi consejo de siempre: ordena tus prioridades, da el gran paso y una vez aterrices párate a considerar que depende de ti. Algunas cosas vas a poder cambiarlas y otras no, por lo que es importante decidir que vas a hacer con ello. En todo caso, aprovecha la experiencia, porque es solo una en la vida (literal, viene en los términos y condiciones, ¡decide bien!)

¡Hasta siempre!

Isabel

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