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Road Trip por los Balcanes- Maria Menendez-SVE en Hungría

Hace algunos días una amiga me preguntó cómo me había ido el último mes y si tenía alguna novedad, mi respuesta fue la siguiente: "del 15 al 19 estuve de road trip por los Balcanes con mi familia EVS, del resto del mes ni me acuerdo".
Así, tal cual.
La verdad es que llevábamos un mes hablando sobre emprender una aventura, informándonos sobre cómo podríamos alquilar un transit entre ocho personas, pero al final se nos echó el tiempo encima y hasta cinco días antes no tuvimos la certeza de que nos íbamos realmente.
Viajar con un grupo relativamente grande aporta cierta sensación de desconcierto porque nadie sabe a quién seguir y cada uno quiere y necesita algo distinto en cada momento, pero al mismo tiempo sabes que te lo vas a pasar en grande, te sientes seguro, positivo, eufórico...por lo que cualquier detalle negativo queda en segundo plano.
Ocho voluntarios, seis nacionalidades, cinco días, Serbia y Bosnia y el sentimiento de que la carretera era nuestra.

              

                               

¿Qué queda para el recuerdo? Mucho, muchísimo.
Quedan para el recuerdo... las risas de los policías de fronteras al comprobar que el transit húngaro con una bandera serbia iba lleno de gente de todas partes de Europa, excepto de Hungría (me imagino que habrían pensado que éramos de un comité de Naciones Unidas en plana misión, como mínimo).
Recorrer Bosnia escuchando "Sarajevo" de Rumeli Ekrem, maravillándonos con los paisajes.
Esperar tres horas en la frontera de Serbia y Hungría inventándonos historias de todo tipo sobre los pasajeros de otros coches y bailar dentro del transit a riesgo de parecer verdaderos chalados.

 

                                     

Escuchar una y otra vez la playlist más ecléptica que se haya visto en un viaje por carretera.
Tener cuatro tipos de moneda distinta en la cartera y preguntar constantemente: "¿cuánto es esto en forints?".
Llamar a los marcos bosnios "kilómetros" porque su abreviatura es "KM".
Perder constantemente a nuestra voluntaria de Georgia y acabar acostumbrándonos a sus ausencias repentinas.
Comer ćevapi y burek.
Y descubrir mil cosas nuevas...
Así era como me imaginaba el EVS, no perfecto pero inolvidable, intenso en lo bueno y en lo malo, lleno de gente, charlas, risas, recuerdos que dejan huella.

Como siempre, ¡la aventura continúa!

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