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Gato negro, suerte buena - João Fernandes - SVE en España

Todos los meses, nuestras actividades de voluntariado en el Conseyu de Mocedá de Xixón incluyen al menos una visita a un lugar de interés cultural de la ciudad o cerca de la ciudad. Hemos visitado, desde junio, las termas romanas, el jardín botánico y el centro de arte contemporáneo de la Universidad Laboral. El miércoles pasado fue el turno de visitar la Casa Natal de Jovellanos.

 

Gaspar de Jovellanos es el personaje histórico más estimado de Gijón: nació aquí a mediados del siglo dieciocho y fue un escritor, jurista y político muy importante en España, conocido también por su convencida defensa de ideas de progreso que la Iglesia Católica no aprobaba.

La casa donde nació Jovellanos se ubica en el área histórica de Gijón - Cimavilla -, al lado de la Plaza Mayor y a pocos metros de la iglesia de San Pedro. Se trata, además de su casa natal y consecuentemente de un museo que alberga algunos objetos que le pertenecieron, de un agradable museo de arte que nos cuenta un poco de la historia del arte asturiano desde el siglo diecinueve. Hay una sección de arte de la época romántica, de arte realista y de arte contemporáneo. Me encantó un salón con obras del escultor José María Navascués (1934-1979). El edificio está muy bien adaptado para ser un museo de arte pero apenas nos da la sensación de estar en la casa donde nació una figura importante del siglo XVIII. Sin embargo, este es un lugar donde he de volver.

 

 

Esta fue también la semana del Concurso Hípico Internacional de Gijón. Ya que nunca había ido a un concurso de caballos, acepté la invitación para ir ayer allí. Durante dos horas estuve viendo un espectáculo que, sin embargo, me parecía familiar: además de las pequeñas tiendas de refrescos y de comida, había muchísimas taquillas donde se podían hacer apuestas. Durante los intervalos, las personas iban a las taquillas y se formaban colas increíblemente largas. Más tarde, cuando el concurso se reanudaba, toda la gente seguía con los ojos atentos a los caballos en los que habían apostado su dinero, y cada vez que un caballo derribaba algún obstáculo, se oían gritos y lamentos por todas partes porque su premio estaba ahora más lejos.

 

Aunque los caballos me gustaron más de lo que yo pensaba, hubo otro animal que hizo de esta semana una semana aún más especial. En el patio donde vivimos hay una gata negra. Desde junio yo veo que hay vecinos que le dan comida y agua regularmente. Hace poco tiempo yo decidí que quería juntarme a ellos y hacer lo mismo: en Portugal tengo gatas y las echo de menos como echo de menos a las personas de mi familia. Así que hace dos semanas, mientras compraba comida para mí, compré también algunas latas de comida para gatos, con distintos sabores. Durante las últimas semanas yo le he dado comida: en realidad ella ya corría hacia mí cuando notaba que yo entraba en el patio y me pedía comida. Yo le daba la comida pero, después de comerla, la gata huía debajo de los coches porque todavía no se fiaba de mí.

Sin embargo, el pasado viernes, mientras yo esperaba en el patio que alguno de mis compañeros de piso llegara con llaves para que yo entrara en casa, yo estuve sentado en el suelo, leyendo, con la gata junto a mí. Ella sabía que yo no tenía comida para darle pero estaba junto a mí, jugando y ronroneando.

 

Me doy cuenta hoy que eso fue cuando ella empezó a fiarse de mí. Ahora corre hacia mí cada vez que me ve y, si le doy comida o no, ella me deja tocarle y jugar un poco con ella. Cuando le doy comida y entro de nuevo en casa, voy hacia la ventana y veo que ella todavía está junto a la puerta, esperando que yo vuelva.

También estas cosas nos hacen sentir como en casa.

De vuestro amigo,

João

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