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Tenerife (2ª parte) - Cristian Mirto - Voluntariado en España

05.03 - 11.03

El domingo no me desperté temprano y pude disfrutar solo de la tarde para visitar Santa Cruz y La Laguna. El centro de la ciudad de la Laguna, declarado patrimonio mundial de la humanidad, me encantó. Destaca por una alta densidad de edificios históricos antiguos, la mayoría de los cuales se conservan en buenas condiciones. Eso pasa porque muchos de ellos son actualmente - o lo fueron en pasado - sedes de entidades gubernativas o administrativas de Tenerife. Me gustó mucho visitar la catedral y en particular me impresionó ver un altar que representaba a la Virgen (negra) de la Candelaria, que se supone apareció en Tenerife un siglo antes de la conquista española y la cristianización de la isla.

Para no ser dependiente del servicio público de transporte, tomé la decisión de alquilar un ciclomotor por los días que me quedaban. El primer destino que elegí visitar al día siguiente fue La Orotava, para ver una antigua casa tinerfeña llamada "Casa de los Balcones", donde estaban expuestas herramientas, objetos y ropas que daban una visión de la vida cotidiana del pasado en la isla. Una curiosidad sobre esta casa que me hizo gracia fue que los actuales dueños son descendientes del pintor Rubens. El pueblo también fue digno de visita. Me sorprendió encontrar una atmósfera de montaña y me dí cuenta allí que en Tenerife hay la más extrema diversidad de paisaje en un radio brevísimo. Dentro de unos quince minutos se puede pasar de la playa a la montaña, del desierto al bosque, del sol a la lluvia y del calor al frío. Por la tarde dí un paseo por Santa Cruz. En un rincón del centro habían hombres llevando trajes tradicionales y cantando en coro canciones típicas de carnaval. Me lo pasé genial escuchandolos, aunque no fue fácil para mí seguir las letras.

El martes me dirigí hacia el sur de la isla. El objetivo del día era ver el acantilado de los gigantes, pero acabé dando una vuelta mucho más larga. Por la mañana ví una indicación viaria, yendo por la autopista, que señalaba un sitio llamado "Montaña Roja". Llegado allí, me dí cuenta de que la montaña roja es un pequeño volcán (170 metros de altura) que se eleva cerca del mar. Intenté la escalada. Esperándome en el pico había solo un cartel de felicitaciones para haber conseguido subir arriba y un vistazo del océano. Proseguí mi viaje visitando uno de los sitios más famoso de la isla: el pueblo de Los Cristianos y su playa de Las Américas. No puedo decir que la playa me haya llamado la atención, siendo pequeña, plagada de piedras y con arena marrón más que amarilla. Lo que sí me maravilló fue que allí se pudieran ver solo turistas, sobre todo alemanes e ingleses juzgando por la cantidad de rubios que encontré. En los bares y restaurantes se hablaba en primer lugar el inglés y el español era la segunda lengua. En Tenerife parece que se puede pasar de España a Inglaterra con la misma facilidad con la que se pasa de la playa a la montaña.

La etapa sucesiva fue el acantilado, que fue asombroso. Admiré la vista desde la playa de los Guios, donde la arena es negra siendo de origen volcánica. Luego, volví hacia mi piso subiendo por el lado oeste de la isla, pasando por Puerto de la Cruz y por un pequeño pueblo de mar llamado Garachico. El cielo estaba despejado y el trayecto fue encantador, cruzando lugares de montaña rodeados por árboles, donde el color que dominaba era el verde.

El miércoles visité el pueblo de Icod de los Vinos. El pretexto para ir allí fue ver el drago milenario. El drago es un árbol característico de Canarias y aquel es el más viejo y grande que se puede encontrar. A su alrededor, han instalado un jardín botánico donde hay una buena variedad de plantas y árboles. Por ejemplo, se pueden ver de cerca el árbol del famoso y buenísimo plátano de Canarias y también la planta de aloe vera. Por la tarde, participé en el desfile por el Entierro de la Sardina en Santa Cruz.

El jueves visité el museo de Historia y Antropología de Tenerife. Me interesó leer sobre la historia de la conquista española de la isla y ver los antiguos mapas que representaban las 7 islas canarias, llamadas durante siglos "islas afortunadas". Luego visité el museo de los guanches, es decir la población aborigena que vivía en Tenerife antes de la llegada de los conquistadores. Era gente de origen bereber que vivía en un estado bastante primitivo, solían momificar los cadáveres y creían que dentro del Teide vivía una divinidad maligna responsable de sus erupciones.

Mi último día de permanencia en la isla lo pasé visitando el parque nacional del Teide. Subí hasta los 2300 metros, pero no me fue posible ir más arriba porque el teleférico estaba cerrado por causa del fuerte viento que soplaba. El paisaje del parque es casi desértico. Dominan el amarillo de las rocas y de la arena. Se pueden ver coladas negras de lava que quedan allí desde la última erupción y también rocas volcánicas de un color entre el verde y azúl muy asombrosas. Acabé el día cenando con platos típicos canarios, es decir: papas arrugadas, mojo rojo y verde, gofio y queso asado.
Concluyendo, opino que Tenerife es un destino obligado para los que aman la naturaleza. Un día me gustaría volver. Sin embargo, ya me siento "afortunado" de haber tenido la posibilidad de visitar una vez esta isla... afortunada.

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