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En Valladolid con lo mejor de Europa - João Fernandes - SVE en España

Escribo este artículo con retraso porque la última semana fue una semana especial: Ana y yo fuimos a Valladolid a nuestra "Formación a la llegada". Allí tuvimos la oportunidad de aprender y reflexionar más sobre el servicio voluntario europeo y sobre el Programa Erasmus +.

El equipo de formadores nos preparó un abanico de sesiones y charlas sobre todos los asuntos que pueden interesar a un voluntario europeo que empezó ahora su proyecto en España: asuntos como las tareas, los derechos y los deberes de un voluntario, el seguro, los viajes, la cultura española o el aprendizaje intercultural que este programa europeo permite. El seminario fue la oportunidad perfecta para evaluar nuestras expectativas, compartir nuestros sueños y miedos, hacer sugerencias a los demás y aprender un poco más de español y sobre los países de origen de tanta gente distinta.

 

Aunque ya había estado en Valladolid, cuando era más pequeño, yo no me acordaba de nada pero si de que mi hotel se ubicaba en un barrio nuevo y un poco sucio, con calles anchas y con árboles. Además, yo he escuchado muchas veces que Valladolid es conocida en toda España como una ciudad muy conservadora y en la que sus habitantes tienen un pensamiento un poco cerrado. Así que mis expectativas sobre la ciudad estaban bastante bajas, pero en realidad la ciudad me pareció hermosa, culturalmente interesante y agradable. Nuestra manera de conocer la ciudad fue una actividad en la que los distintos equipos tenían que recorrer diferentes puntos de la ciudad y, en cada uno, hacer algo como hablar con alguien en la calle, descubrir un refrán español o una leyenda de la ciudad. Esa actividad, como casi todas las demás, fue inolvidable.

 

Sin embargo, nada hizo esta semana tan especial como las personas que allí conocí. Había voluntarios que ahora viven por toda España y que son de países muy distintos en Europa. Todos éramos muy distintos, cada uno era una persona única e increíblemente interesante, pero todos teníamos importantes puntos en común. Nadie tuvo malas impresiones sobre nadie en el principio, y si alguien tenía un comportamiento raro o una costumbre distinta de los demás, esa no era una razón para discriminar, sino un motivo de interés. En sólo una semana la conexión entre las personas era inmensa y los lazos de amistad muy profundos. Fue muy difícil dejarlos y ver que cada uno tenía que seguir con su vida y con su proyecto lejos de allí y de los otros, y duele pensar que probablemente nunca estaremos todos juntos de nuevo, como un grupo. La diversidad, en realidad, hace Europa y el mundo más ricos, y es la amistad la que nos enseña a entender lo que hay de maravilloso en tanta diversidad.

 

Aunque yo haya dado miles de abrazos, sigo necesitando de más para expresar la gratitud que siento por haberlos conocido. Yo espero que ellos sean las personas más felices del mundo porque no merecen menos que eso. Gracias a ellos, la semana en Valladolid fue, quizás, la mejor semana de mi vida. Intensa, alegre: un viaje a lo más profundo que existe en una persona.

 

En una pared había sobres con el nombre de cada uno de nosotros. Durante toda la semana, tuvimos la oportunidad de dejar notas secretas a los demás. A lo largo de la semana, la frecuencia y la profundidad de lo que era escrito aumentaba. Había mucho a decir, pero en realidad nuestros ojos también hablaban: una actividad que hicimos el último día, en la que todos estábamos callados y circulando, fue una de las más especiales y algunas personas terminaron llorando.

Pero, una vez más, también las lágrimas eran pocas para expresar todo. Como las veinte y cuatro horas de un día son demasiado pocas cuando hay mucho que hacer, también una semana es demasiado corta cuando la alegría que sentimos es más grande que todo.

Gracias por haberme hecho sentir parte de un grupo tan especial.

De vuestro amigo,

João

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